Sitio Oficial del Festival de Literatura de Copenhague 2016

Javier Payeras

Javier Payeras

Guatemala. Poeta, novelista y ensayista. Ha publicado las novelas Imágenes para un View-Master, Limbo, Días amarillos, Afuera y los poemarios Slogan para una bala expansiva, Fondo para disco de John Zorn, Soledadbrother (adaptación al teatro a cargo de Luis Carlos Pineda y Josué Sotomayor), Raktas, Déjate Caer, La resignación y la asfixia Soledadbrother & relatos de autodidactas y Postits de luz sucia.

Guatemala: el fin tan esperado de una posguerra

De hace unos meses pienso que la Posguerra terminó el 25 de abril del 2015 en Guatemala. Digo “pienso” porque mi entusiasmo está aún en el asombro. Hace unos meses o un año o dos antes, ni siquiera era concebible que de la noche a la mañana comenzara un movimiento ciudadano que llevara como eje la voluntad de cambio.
Guatemala durante mucho tiempo llevó una suerte de didáctica histórica: El fin del conflicto y los acuerdos de paz entre la guerrilla y el ejército en el año noventa y seis. Todo se dio por hecho. El movimiento silente de organizaciones de derechos humanos, colectivos artísticos y publicaciones alternativas que hacían referencia al Conflicto Armado Interno liberó la presión ejercida por las dictaduras guatemaltecas.

La dictadura en Guatemala no se parece a las dictaduras habituales de derecha latinoamericanas. La diferencia es la ausencia de un caudillo; todo se sintetiza en la mutación de “militares democráticos” y gobiernos civiles de cara blanca pero construidos a partir de la vieja estructura militar repartida en partidos, negocios como aduanas o venta de armas y escolta o seguridad para el tráfico de drogas desde Sudamérica hasta los Estados Unidos o Europa. En alguna parte del libro Guatemala País Ocupado, Eduardo Galeano cita las declaraciones de un importante comandante guerrillero. El entrevistado menciona que las armas para la lucha insurgente no las proveía ni Cuba ni la Unión Soviética (personajes de los cuentos de hadas del anticomunismo latinoamericano) sino el mismo ejército institucional guatemalteco apoyado por Estados Unidos. El mito del triunfo inminente de un proyecto armado socialista fue siempre útil para conseguir préstamos y cooperación militar armamentista para países centroamericanos. En Guatemala no hubo un Videla ni un Pinochet. Todo fue una rotación que tenía como base la ignorancia, el racismo y el rechazo a la existencia de esa “realidad de una idea moral” (citando a Hegel) que es un estado. Mutaron sin uniforme, pero mantuvieron su presencia en los negocios que tienen que ver con la política partidista. Contrabando, narcotráfico, venta de armas y oficios de mercenario bien pagado para cualquier grupo armado antidemocrático: narcotráfico, golpes de estado u otro tipo de actividad criminal que diera algún rédito. Con el tiempo ese estado salvaje tuvo que buscar salidas civilizadas. Procesos de pacificación del istmo centroamericano. Abrazos y fotografías. Se abrieron canales de comunicación y expresión que, incluso, para teocracias islámicas radicales eran permitidas. No es broma que siempre mencione que CNN fue quien le informó al guatemalteco de clase media que existía una guerra interna. A la fecha Otto Pérez Molina (militar firmante de los A.P) está en prisión por dirigir una red de corrupción aduanera. Los militares señalados de genocidio y delitos contra la humanidad permanecen libres o sin el apoyo local mediático y de clase media para que se haga justicia. Guatemala dejó que los muertos entierren a los muertos. Hace una década un grupo de artistas y gestores culturales abrieron espacios creativos y editoriales artesanales. “La revolución se hace desde la política o del movimiento armado únicamente, ustedes son desencantados y están enajenados por el consumo” —nos dijeron. Hace meses cayó la dinastía de carniceros militares más poderosos de Latinoamérica sin disparar una bala. A fuerza de persistencia y de un coherente manejo de los entramados culturales de las redes sociales y de la persistencia…

Desgraciadamente no hubo tiempo para prepararnos para los cambios repentinos. Nada estaba organizado para el siguiente paso. No hubo lectura ni mapa de ruta institucional y cultural, sólo romanticismo.

 

Fotografía©Lorenzo Hernández