Sitio Oficial del Festival de Literatura de Copenhague 2016

Esther Andradi

Esther Andradi

Argentina. Escritora, nacida en Ataliva, un pequeño pueblo de la pampa santafesina residió en diferentes países. Actualmente vive en Berlín y Buenos Aires. Ha publicado testimonio, cuento, microficción, ensayo, poesía y novela. Sus relatos figuran en numerosas antologías en diversos idiomas. Sus crónicas circulan en diferentes medios de América Latina y Europa. Autora de las novelas Berlín es un cuento, Sobre Vivientes, y Tanta Vida, ha compilado, entre otras, la antología Vivir en otra lengua.

La palabra viajada

¿Qué se lleva de viaje?
La maleta interna trae idiomas, sabores, historias y consuelos, medicinas y rituales familiares para componer la música del camino. No siempre se adapta aquello que se trae en el equipaje, comenzando por la comida, que según el dicho popular viaja mal. Porque la comida, como la gente y las palabras, también se modifica. El viaje de las palabras permite que ellas se impregnen del mundo que vamos caminando.
El camino de la lengua es el viaje.
Según el físico inglés Freeman Dyson, la extinción paulatina de las lenguas en el mundo estaría poniendo en peligro nuestra sobrevivencia porque nuestro desarrollo futuro dependería tanto la diversidad biológica como de la diversidad cultural. Al contrario de lo que podría creerse, menos lenguas sólo serían útiles para la burocracia, pero en cambio disminuirían la comunicación. Paradójico principio: parece ser que la complejidad es lo que nos ha llevado a la evolución, y no a la inversa.
Los alemanes han inventado recientemente la palabra Migrationshintergrund, -que significa con fondo migratorio– para clasificar a las personas según su origen, en este mundo en movimiento. Definición exigente por donde se la mire, porque es casi imposible la existencia de alguien que carezca de fondo migratorio. Alguien que no tenga un nómada, un viajero en sus genes. Porque desde Lucy, que hace miles de años fue africana, hasta acá, la gente no ha hecho sino moverse. Moverse y pretender afincarse.
Los registros familiares de la migración hablan de pérdidas y desgracias, dramas de adaptación y tragedias de desarraigo. Todo se transforma en el choque con la caricia, la mirada, la furia o el encuentro amoroso con el otro, y hay un miedo enorme a esta transformación, porque aquello que se transforma deja de pertenecernos así como lo hemos conocido, así como nosotros tampoco somos los mismos después de un viaje iniciado en la infancia cuando llegamos al final del recorrido.
Se trata entonces de la lengua en tránsito.
De este camino lleno de altibajos, de retornos no deseados, de sueños escondidos, de comidas sazonadas con el amor de lo que perdimos, se nutre la manada espiritual de la que procedemos. Como especie, no ya como individuos. Y ahí está nuestra desazón, nuestro desequilibrio cotidiano, nuestra melancolía de siglos. La consagración de nuestro cambio. Ese cambio que nos trastorna y desequilibra. Entonces se inventan palabras para definirlo, cuando acaso lo que marca este movimiento es la indefinición permanente.
¿Cómo convivir con ello en la tierra de los otros? ¿Cómo usar las palabras conocidas para definir aquello que se ignora? ¿Aquello para lo que no hay palabras? Es el viaje de la escritura emigrada a través de los siglos, hurgando en otras lenguas hasta transformar las palabras en la propia.
Cuando todo está perdido, queda la lengua materna. Ya lo dijo Hannah Arendt.

 

Fotografía©Lorenzo Hernández