Sitio Oficial del Festival de Literatura de Copenhague 2016

Diego Valverde Villena

Diego Valverde Villena

España / Perú / Bolivia. Magíster en Literatura Inglesa. Licenciado en Filología Hispánica, Filología Inglesa y Filología Alemana. Profesor de Literatura en la UMSA (La Paz, Bolivia). Actualmente dirige el Instituto Cervantes de Frankfurt. Poesía: El difícil ejercicio del olvido; No olvides mi rostro; El espejo que lleva mi nombre escrito; Un segundo de vacilación y Panteras. Ensayo: Varado entre murallas y gaviotas y Dominios inventados. Ha traducido, entre otros, a Conan Doyle, Kipling, George Herbert, John Donne, Assis Pacheco, Valery Larbaud, Paul Celan y E. T. A. Hoffmann.

Poeta de tres patrias: Una poética virreinal para el siglo XXI

¿Por qué una poética virreinal? Limeño de padre español y madre boliviana, siento naturalmente al Perú, a Bolivia y a España como míos. Ahora son tres países, pero en un momento fueron el mismo.
¿Qué engloba a los tres países y los une? El Virreinato del Perú, la época en que los tres eran uno. Ése es mi ámbito, ese contexto virreinal y barroco. Ese virreinato que se expande en el tiempo para explicarme. Y como criollo virreinal me siento en casa en toda nuestra América y en España.
Estudié literatura medieval, y el culmen de lo medieval es el Renacimiento y el Barroco, donde se lleva al extremo una manera de entender el mundo. Y la principal característica del Barroco es el uso del concepto, “la relación entre ideas o cosas aparentemente disímiles”, figura que marca mi obra. Como mi admirado C. S. Lewis, comienzo en el Amor Cortés para llegar al Barroco. De Bernart de Ventadorn y Walther von der Vogelweide hasta John Donne, pasando por Ausias March y Jordi de Sant Jordi. El círculo se completa con T. S. Eliot, fascinado descubridor de los Metaphysical Poets. Y con Cirlot, que redescubre la Edad Media y la consagra en símbolo.
Todos ellos son parte esencial de mi biografía poética, junto con el César Vallejo que mi padre me recitaba cuando sólo tenía seis años. Y San Juan de la Cruz, siempre.
Mi biografía literaria, que engloba a la poética y se entrevera con ella, debe mucho a dos zahoríes, Borges y Mutis, que me han señalado infinitas vetas. Y otros dos escritores-lectores, Valery Larbaud y Giuseppe Tomasi di Lampedusa, me han abierto más caminos.
Wislawa Szymborska me esperaba en una isla de Cabo Verde, palpitando en la asombrosa traducción de Baranczak y Kavanagh. Brodsky apareció primero en sus ensayos. Muñoz Rojas me llegó por mi amigo Enrique Andrés, mientras que yo le regalé a Aurelio Arturo. Francisco Hernández me aguardaba pacientemente, escondido bajo el triple aspecto de Hölderlin, de Trakl y de Schumann.
Los poetas que has de leer te buscan. Hace poco me llegó Cristina Campo gracias a una sugerencia de Carlos Vitale. Cuando fui a buscar sus libros, alguien que estaba a mi lado me oyó y me dijo: “Yo soy José Tolentino Mendonça, su traductor al portugués”. La vida es literaria.
Sigo siendo ese niño que vivía en la Avenida Grau, el que hacía dibujos en los márgenes de los guiones de cátedra de su padre, el que jugaba mientras oía a su madre en la radio. Y sigo haciendo lo mismo que hacía a los cuatro años: hablar, leer y escribir.
Y le rezo a César Vallejo y a San Juan de la Cruz.
E intento seguir a Montaigne, y no hacer nada sin alegría.

 

Fotografía©Lorenzo Hernández