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Carlos Frühbeck Moreno

Carlos Frühbeck Moreno

Carlos Frühbeck Moreno, España, 1977.

Doctor en Literatura Española por la Universidad de Valladolid. Profesor de Español para Extranjeros en países como China, Italia o Vietnam. Actualmente trabaja como investigador de Lengua y Literatura Españolas en la Universidad degli Studi di Enna “Kore”, en Sicilia.

Ha ganado varios premios de poesía y relato. Ha publicado los poemarios Primera claridad (1994), Retratos de alquiler (Premio Juan Alcaide 2002), Caballos (Premio Antonio González de Lama 2005) y Coro de Invierno (Amargord, 2014). También los ensayos Justo Alejo: Una escritura de vanguardia y compromiso (Editorial Azul, 2003) y Palabra y poética en Francisco Pino (Academia del Hispanismo, 2014).

Asimismo, ha participado en numerosas antologías y colaborado con festivales como Expoesía 2014 – Poetas Malditos, Malditos Poetas, y con revistas como Nayagua, Narrativas, Al otro lado del espejo, El coloquio de los perros o Piedra del Molino.

La ceguera de los ciervos (Ediciones del Viento, 2009) es su primer libro de relatos.

 

 

Contar el invierno: la escritura extranjera
Mi punto de partida es el entendimiento de la poesía contemporánea como esencial antidiscurso. Desde este punto de vista, la función de la poesía en la modernidad no es justificar cosmovisiones, o confirmar certezas gregarias. Más bien consiste en destruir los marcos de interpretación que utilizamos para entender al mundo, para entendernos entre nosotros, y proponer a la realidad otras interpretaciones alternativas, aunque para ello nuestra mirada tenga que atravesar el prisma de la ruina, aunque ello signifique deshacernos. El hecho de que la poesía así entendida tenga como labor principal llevar al idioma a sus límites convertirá al poeta en un apátrida estructural: su escritura será siempre en una lengua extranjera. Es más, intentará escapar siempre del idioma conocido y, por tanto, de su propia identidad. El poeta: un juego de máscaras, un descubrimiento del vacío que habita detrás de los pronombres, la verdad como elaborado juego retórico, la búsqueda que es huida.
Por tanto, la poesía será el paradójico punto de encuentro entre dos dimensiones del lenguaje: por un lado, en el poema el ser humano toma conciencia de la autonomía de su idioma con respecto a la realidad que le rodea, de su condición de prisionero de un espejismo de palabras. Sin embargo, por otro, descubrirá también la posibilidad de ejecutar nuevas ilusiones que hagan más rico su estar en el mundo y que le permitan indagar con precisión en su interior, aunque esta búsqueda no dé nunca resultados, aunque nuestra identidad se sostenga sobre los andamios de la ficción.
Mi libro Coro de invierno es un ejercicio de conocimiento a través de la fragmentación: aunque su punto de partida es la vivencia biográfica del luto por la muerte de un ser querido, se huye de cualquier tentación confesional: el poeta debe huir del desahogo para abrazar el conocimiento. Para ello, es necesario que su decir se convierta en coro, en canciones pronunciadas por otros, y que entre las voces que se escuchen se mezclen lo humano y lo inhumano. Por eso, el coro huirá de la armonía a favor de la disonancia. Por eso, la palabra del libro se revelará como materia esencialmente precaria: en la línea de la poética surrealista se usará la imagen no para confirmar una verdad única, sino para producir el desvanecimiento de las referencias: las palabras son esencialmente precarias, y las certezas que construyen, una quebradiza superficie de hielo.
Para aceptar la muerte del otro es necesario que nuestro deseo deje de tener la forma de su silueta. Es necesario perfilar nuevas estancias en nuestra memoria. Hablar con el muerto es entrar en contacto con una parte de nosotros que nunca nos había pertenecido, hacerla emerger a través de un idioma en el que seremos siempre extranjeros. Por eso, hacer hablar a los muertos es demolernos para que nuestro interior vuelva a construirse. Y quizá eso sea la poesía: el necesario tránsito que es toda destrucción. Sin embargo, se trata de una destrucción que es siempre presente, que no recuerda, ni mira al futuro. El necesario presente de la precariedad.